Con el itinerario decidido la noche anterior y la esperanza de destilar con mi cámara algo que mereciese la pena, salía cada mañana a las calles de una ciudad a la que ni tan siquiera pasado un tiempo sabría cómo definir.

Tener una idea, un difuso objetivo que protagonice tu fotografía no deja de ser algo opresivo cuando llevas meses rumiando un poema que ha de vertebrar aquello que pretendes buscar; y lo que en un primer contacto me pareció antiguo y fuera de lugar ha terminado por casi arrollarme con su fuerza, sin saber si mi enésima lectura estaba realmente en el texto o más bien era fruto de mi voluntad deformadora. Pero no dudaré en defenderme en la noción de “clásico”, en la imagen de un texto vivo, ya que los clásicos nunca terminan de decir todo lo que se les supone mientras exista un nuevo lector, que de alguna forma es el encargado de cerrar el círculo de la lectura. Y aún siendo éstas cualidades aplicables a cada obra, a cada representación artística, los clásicos cuentan con la particularidad de parecer que sus palabras están abonadas para enriquecerse con cada nueva lectura; poseen el don de depararnos la sorpresa al poder hacer verdaderamente nuestras las palabras del autor.

Y desde esta visión que nos sitúa ante el mundo, ante lo que nos rodea, como agentes activos en la contemplación, y por tanto en su interpretación, es desde la que no quiero dejar fuera al acto mismo de fotografiar; y así, haciendo mías las palabras de Franz Roh entiendo que “el sentido de la fotografía consiste en mostrar las cosas no como han sido percibidas durante generaciones, sino bajo aspectos atrevidos, inéditos. Porque las formas, al volverse habituales, traen consigo un fenómeno de insensibilización, tal que sólo un cambio formal devuelve fuerza a la experiencia”.

Con mis visiones de Nueva York no pretendo ser atrevido, y muy a mi pesar tampoco inédito, pero sí he tratado de plasmar algo que encontramos en cada ciudad, y Nueva York, como paradigma, lo representa exponencialmente. Ese “algo” es la razón de ser de este trabajo.

“Devolver fuerza a la experiencia”. Con eso llenaba mi mochila cada mañana.

 
 

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